Vivimos en una paradoja: mientras la ciencia y la tecnología avanzan, el mundo se hunde en una espiral de violencia que parece no tener fin. Nuevas guerras surgen a diario, y las antiguas se reavivan, como si la humanidad no aprendiera de sus tragedias pasadas; dos mil años y nada. ¿Qué impulsa al ser humano a matar con tanta facilidad? ¿Por qué tanta agresividad desbocada?
A diferencia de los animales, que matan por necesidad, para alimentarse, defenderse o proteger a su grupo, el ser humano es capaz de matar por sentimiento: odio, venganza, resentimiento, incluso por placer. No necesita que el otro represente una amenaza directa; a veces basta con que su existencia resulte intolerable. En ese sentido, la violencia humana no es solo instintiva, sino simbólica: cargada de sentido, ritual o político, íntimo o colectivo, pero siempre sanguinaria. Hacer el vacío no es gratuito.
Lo más inquietante es que este impulso destructivo no siempre proviene de personas patológicamente desequilibradas. A menudo se ejerce desde la aparente norma-lidad, en contextos sociales organizados, burocratizados y moralmente indiferentes.
Hannah Arendt lo formuló con claridad al hablar del nazismo:
EL MAL PUEDE SER BANAL, EJECUTADO POR INDIVIDUOS CORRIENTES, EFICACES Y OBEDIENTES, SIN PASIÓN NI REMORDIMIENTO.
Detrás de las grandes catástrofes humanas —guerras civiles, genocidios, torturas sistemáticas, hay una constante: la escisión del sentir. Para que la muerte ocurra, el otro debe dejar de ser considerado simbólicamente humano, deja de ser sujeto y pasa a objeto a ser fagocitado. Se le transforma en enemigo, amenaza, número o, en simple ente odiable. Solo así puede coser uno a balazos sin conmoción, matar con deseo, con inquina, pero sin culpa.
Los animales no matan por odio ni por goce, no asesinan por desprecio. Una serpiente no muerde por diversión. Solo el ser humano ha construido una narrativa para justificar el exterminio, lo ha revestido de ideología, religión, patria, justicia o su opuesto. Ha convertido el asesinato en espectáculo, en un arcoíris propagandístico, en estrategia económica o política, y siempre, siempre, en un reguero de sufrimiento.
Quizá la pregunta urgente no sea cómo frenar las guerras, sino por qué seguimos fabricándolas y alentándolas. Solo buscando entender el núcleo psíquico y cultural de esta pulsión, podremos imaginar una humanidad distinta. Una en la que el placer no se encuentre en la aniquilación del otro, sino en el reconocimiento de su valor como ser humano.
Salud, si posible. Os lo deseo muy sinceramente. Antonio

