Vivimos en un planeta donde la tecnología avanza sin vuelta atrás: desciframos el espacio, exploramos el genoma humano, construimos (aunque mal llamada) inteligencia artificial capaz de simular el pensamiento. Y, sin embargo, seguimos matándonos como bestias sin control, inmolando a nuestros ancestros. Piedras o fuego, cuchillos, misiles o satélites, da igual, matar es matar.
Hay tantas guerras en el mundo, algunas visibles, otras más silenciadas, que uno se pregunta si la humanidad ha aprendido algo. Siria, Ucrania, Gaza, Sudán, Yemen, Haití…
Las geografías cambian, pero la lógica es la misma: chafar el cráneo a otro en pro de la dominación, odio, miedo, territorio, venganza. ¿Cuántos niños mueren antes de pronunciar la palabra papá y mamá? ¿Cuántas madres entierran a sus hijos antes de que la vida les haya enseñado algo más que el horror? Y los que sobreviven ¿qué esperáis que hagan con su mal fardado futuro?
Mientras el ser humano no sea capaz de detener las guerras fuera y dentro de sí, no podrá llamarse verdaderamente humano. ¿o ser humano es eso: matar? Seguimos siendo animales, bestias heridas y hirientes, impulsados por el instinto, por la rabia ancestral de quien cree que destruir al otro es la forma de mantenerse de pie. La diferencia entre una bestia descontrolada y un ser humano no está en su inteligencia, sino en su capacidad de contener la violencia cuando se enciende por dentro. Las razones exteriores, son eso, exteriores.
Una especie que aún necesita matar para tener razón, para dominar, para calmar su tormento interno, es una especie inmadura. Y lo peor es que lo sabemos. Escribimos poemas, lloramos frente al televisor. Pero lo permitimos.
Detener la guerra no es solo cosa de los políticos o los ejércitos. Es una tarea ética. Una urgencia humana. Porque mientras el mundo esté en guerra, el ser humano no ha salido de la cueva. Puede llevar traje, corbata de lo más caro, hablar cinco idiomas, pero pilota drones de guerra desde una sala estéril. Seguimos siendo un animal que no ha aprendido a vivir con el otro sin destruirlo.
Y entonces, ¿qué nos queda?
Nos queda la paz como acto de valentía. Nos queda la ternura como arma. Nos queda la palabra en lugar del disparo. Nos queda mirar al otro y ver en él un reflejo, no una amenaza. Nos queda ser más que una bestia famélica.
Nos queda tratar nuestra miseria interna para no destruir el mundo.

