La Inteligencia Artificial no puede sustituir a un psicólogo o psiquiatra humano

¿Qué sabe un sistema sobre el sufrimiento psíquico vivido por un ser humano singular? ¿Es que hemos perdido la cabeza —nunca mejor dicho?

En plena era de la inteligencia artificial (IA), surge la tentación de imaginar que las máquinas puedan reemplazar a profesionales en diversos campos, incluida la psicología y la psiquiatría dinámica. Si bien la IA puede hacer tareas como la recopilación de datos o la detección de patrones, existen límites fundamentales que impiden que sustituya a un ser humano en el ámbito clínico y la idea de que estos sistemas puedan asumir el rol de un clínico es insostenible y peligrosa desde una perspectiva técnica, ética y epistemológica.
La terapia es un acto artesanal, personal, único que responde a la individualidad de quien consulta y no puede ser automatizado.

La relación terapéutica se basa en la comprensión emocional y la presencia transferencial. Un psicólogo o psiquiatra dinámico no solo escucha palabras: capta silencios, matices del lenguaje corporal, expresiones faciales y estados afectivos complejos que requieren una sensibilidad humana imposible de replicar por algoritmos. La conexión emocional en el vínculo terapéutico constituye en sí misma un factor curativo (Norcross & Lambert, 2018), y solo puede emerger entre sujetos humanos.

Desde el punto de vista epistemológico, la psicología clínica no se reduce a una lógica instrumental. Como plantea Irarrázaval (2015), el acto terapéutico se configura en una relación intersubjetiva donde el significado se construye entre terapeuta y paciente. La IA, opera bajo paradigmas computacionales estandarizados que, aunque permiten analizar datos, carecen de acceso a la intencionalidad, al contexto cultural y a la experiencia subjetiva. ¿Qué sabe un sistema sobre el sufrimiento psíquico vivido por un ser humano singular? ¿Es que hemos perdido la cabeza —nunca mejor dicho?

El trabajo clínico es un proceso ético que exige juicio clínico, experiencia e intuición humanas. Carl Rogers (1957), la autenticidad del terapeuta y su capacidad para ofrecer una relación genuina es «sine qua non» para el cambio psicológico, algo que ningún sistema artificial puede proporcionar de forma real o responsable.

Desde la ética, los algoritmos plantean riesgos importantes: se basan en datos que pueden estar sesgados o descontextualizados y carecen de responsabilidad moral. La confidencialidad, el consentimiento informado y la evaluación de situaciones críticas piden la intervención de un profesional formado, regido por principios éticos y códigos deontológicos (APA, 2017; Consejo General de la Psicología de España, 2011).

Por último, la IA carece de hermenéutica para interpretar fenómenos como el inconsciente, la transferencia o los actos fallidos, pilares de enfoques como el psicoanálisis o la fenomenología clínica. La escucha nunca es pasiva, sino activa y transformadora. Si bien la IA puede desempeñar funciones complementarias en tareas técnicas o administrativas, el núcleo del acto terapéutico seguirá requiriendo la presencia de un ser humano que escucha, interpreta y responde desde su humanidad.

Antonio Verdasca
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