La terapia breve o el mito de Sísifo

El respeto al paciente empieza por reconocer que su mundo no puede ser tocado superficialmente

No oigo estos días más que hablar de la terapia breve como si fuera el maná del anti-sufrimiento. Esta, parte de una premisa que suena bien en un mundo imaginario, ansioso, angustiado y manipulado para obtener el: yo-yo-ya-ya.

Sin embargo, solucionar el sufrimiento de un ser humano —con toda su complejidad— en pocas sesiones, es reducir los síntomas a un ejercicio de clic-clac, cual sísifo, que pretendiendo pasar página mágicamente, se vuelve una falta de respeto hacia el sujeto y su mundo.

Esa lógica —más cercana a la industria del consumo que de la complejidad de los mecanismos de la salud mental— no se sostiene cuando hablamos de la subjetividad de un ser sufriente.

El aparato psíquico no funciona con atajos. El síntoma no es un error de un mecanismo a reparar, como si se tratara de una máquina estropeada, sino la manifestación visible de algo más profundo.

Llegar ahí requiere conocimiento, profesionalidad, tiempo, escucha y espacio para el despliegue de la historia personal, de las defensas y del deseo del sujeto.

Pretender no ser un elefante en una tienda de cristal —y suponer que se puede intervenir de forma eficaz y duradera en unas pocas sesiones— es, a menudo, una forma de negar la complejidad propia del ser humano, que merece por encima de todo respeto. Además, reducir el proceso terapéutico a un protocolo breve puede convertirse en una irreverencia hacia el paciente, porque implica decirle, en el fondo, que su sufrimiento es poca cosa -algo ligero-, y confinarle a entrar en el molde de lo eficiente, de lo rápido, de lo que no incomoda demasiado, del clic inmediato.

Sin embargo, el dolor psíquico no tiene reloj. No respeta agendas, días o semanas. Pide ser escuchado sin prisa, sin formato, sin recorte, con profesionalidad, sabiendo lo que mueve al ser humano, a ese ser humano en concreto, su historia y su sufrimiento. Tratar el dolor de un sujeto no es un acto nimio ni bravucón: requiere mucha humildad.

Una terapia que se centra en acallar el síntoma sin comprender qué lo sostiene puede calmar, quizá, por un tiempo —sí—, pero no transforma. Puede que sea corta en el tiempo, cierto, pero lo es también en el resultado. No permite que el sujeto se reencuentre con su historia, con los detalles de su mundo, con la vida silenciada, con lo que aún no ha podido decir. La terapia no es para callar ni acallar: es para liberar en toda su extensión, pues solo cura cuando la palabra tiene sentido para el sufriente, no para el terapeuta.

El respeto al paciente empieza por reconocer que su mundo no puede ser tocado superficialmente, y que el tiempo en una terapia profunda no es un lujo, sino una necesidad ética y práctica.

No hay cura sin elaboración, y no hay elaboración sin tiempo, sin la palabra de quien padece. Lo demás es un mal juego narcisista a veces desbocado.

Saludos
Antonio

Antonio Verdasca
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